El testimonio de Pilar Fidalgo Carasa sobre las cárceles franquistas

Pilar Fidalgo Carasa

Pilar Fidalgo Carasa
UNA JOVEN MADRE EN LAS PRISIONES DE FRANCO (1)

(Traducción de la versión francesa, introducción y notas: Eduardo Martín)

Introducción

En mayo de 1937, la zona leal a la República tuvo ocasión de conocer las dimensiones de la represión que se estaba abatiendo sobre los sectores izquierdistas y republicanos de la sociedad zamorana, y de horrorizarse por las consecuencias que esta represión tenía para algunas mujeres. La información la divulgó el diario El Socialista los días 20, 21 y 24 de ese mes, bajo el título “Nueve meses en poder de los facciosos”, y su fuente era Pilar Fidalgo, que acababa de ser liberada de la cárcel de Zamora gracias a un canje propiciado por la Cruz Roja. Poco después, una versión más extensa de este relato fue traducida al inglés y al francés y publicada en sendos opúsculos con la intención de sensibilizar a la opinión pública de las democracias occidentales(2).

Pilar Fidalgo Carasa, natural de Morón de Almazán (Soria), tenía 32 años en 1936. Vivía en Benavente (Zamora), localidad natal de su padre, con su segundo esposo, el funcionario de Correos José Almoina, fundador en 1931 de la agrupación local del PSOE (cuyo órgano El Pueblo dirigió), candidato a Cortes en 1933, compromisario en la elección de Presidente de la República en mayo de 1936, y estudioso del patrimonio histórico-artístico de la localidad. Ella estaba, a su vez, afiliada al Grupo Obrero Femenino de la Casa del Pueblo de Benavente (con varias de cuyas militantes compartiría prisión, y a cuya secretaria vería entrar en capilla la víspera de su fusilamiento). Cursó estudios de magisterio, como su madre, pero no ejerció la profesión.

En 1937, Tras ser canjeada por una familia conservadora que había quedado en la zona leal, Pilar Fidalgo marchó a Francia con su esposo, donde éste desempeñaba una misión diplomática y propició la difusión de la historia de Pilar, y después de la derrota, lo acompañó al exilio, primero en la República Dominicana, donde Almoina prestó sus servicios a la dictadura de Trujillo, y tras su deserción, a México, donde él fue asesinado por los servicios secretos dominicanos.

La obra de Pilar Fidalgo, que nunca fue reeditada, fue rescatada, cuatro décadas más tarde, por el músico norteamericano Ramón Sénder Barayón, hijo del novelista Ramón J. Sénder y de Amparo Barayón, una de las víctimas mencionadas por Pilar Fidalgo, como guía para la investigación que a comienzos de los años ochenta llevó a cabo sobre las circunstancias de la muerte de su madre y que se plasmó en el libro Muerte en Zamora. La obra de Sénder Barayón fue traducida a varias lenguas(3) y convirtió este caso y a sus protagonistas, reales o supuestos, en paradigmas del terror franquista y de la opresión del franquismo contra las mujeres.

En el caso de Zamora, el libro de Sénder tuvo una recepción muy tardía que llevó el testimonio de Pilar Fidalgo a las páginas de la prensa local. Con un dominio deficiente del idioma, no había podido emplear prácticamente fuentes de archivo en su investigación y recurrió a testimonios orales no siempre bien informados, lo que dio lugar a informaciones imprecisas y, en ocasiones, gravemente erróneas. El historiador Miguel Ángel Mateos sometió el libro a una crítica a fondo, primero en una monografía sobre la guerra civil en Zamora, más tarde en una serie de artículos publicados en La Opinión-El Correo de Zamora, en 2005, y por último, en una ponencia presentada en un encuentro sobre la guerra civil organizado por la UNED a finales de 2006(4).

Sin embargo, una circunstancia sobrevenida vino a distorsionar el debate: el 29 de marzo de 2005, a cuento de una polémica previa entre Anabel Almendral y la familia de Amparo Barayón, en la que ya había terciado el propio Mateos, La Opinión-El Correo de Zamora publicó un breve resumen de Una joven madre en las prisiones de Franco (5) , y muy lamentablemente –pues ello generó una polémica perfectamente evitable, y en la que se vio enfrentado no sólo a un libro insuficientemente documentado sino también a la familia de la víctima y a historiadores de prestigio-, Mateos hizo extensiva su crítica también al opúsculo de Pilar Fidalgo. Es evidente que este texto contiene errores, perfectamente comprensibles dadas las circunstancias en que fue escrito, sin posibilidades de verificar los datos que le habían sido transmitidos oralmente y de forma clandestina, pero no invalidan en lo esencial su relato, tal y como se desprende de la documentación escrita y de los testimonios orales que hemos podido recoger. En efecto, y como veremos, en alguna ocasión da por asesinada a alguna persona que sobrevivió –lo que también han hecho historiadores zamoranos de prestigio en obras con acceso a archivos y con una perspectiva de más de medio siglo(6)-, o confunde las edades de algunas mujeres asesinadas, las fechas en que ocurrieron algunos hechos (por lo que sabemos, a los detenidos en la cárcel de Zamora no se les permitía el uso de agendas), o el número de asesinados en algunas sacas. Pero estas imprecisiones no impiden que la mayor parte de los hechos relatados en este opúsculo, pese a su intención propagandística, sean ciertos.

Todavía podemos añadir una tercera dimensión, que es la local. Pilar Fidalgo, que sobrevivió a circunstancias atroces en Benavente y en Zamora, marchó después al exilio, donde pasó también por una peripecia novelesca y vio morir asesinado a su marido. Todos estos son hechos bastante conocidos que, sumados a la circunstancia de ser José Almoina la bestia negra de las derechas benaventanas –ahí es nada, una persona culta educando a los obreros en la lucha de clases- han sido utilizados como argumentos adicionales para relativizar la fiabilidad de su obra. En este sentido, la palma de la desfachatez se la lleva Julián Cachón González, alcalde franquista (1967-1973) y cronista de Benavente y todo un dechado de gracejo castizo y de sintaxis fascista(7), que aprovechando un par de conversaciones circunstanciales con la familia de Pilar Fidalgo y con ésta en su visita a la tumba de sus padres, mezcla en un mismo relato la reiterada demonización de Almoina, “ilustre socio-comunista”, “evadido de toda posible responsabilidad por las víctimas que sus tesis provocaron”, el supuesto pesar de la familia Fidalgo por el mal casamiento de Pilar (y de ésta por haber emparentado con mestizos en México) y la nostalgia de ésta, a la que atribuye elogios a la Paz de Franco y de la que sólo le falta decirnos que sus mayores penalidades no fueron la cárcel, ni las privaciones de sus hijos, ni el temor a la muerte, ni el asesinato de sus amigos y compañeros, ni la pérdida de su marido, sino haber dejado de ver correr el toro enmaromao.

En definitiva, y más allá de las polémicas, sólo nos queda releer el texto de Pilar Fidalgo, que desde luego no tiene la última palabra pero sí es un punto de partida para conocer la represión franquista en Benavente y en la provincia de Zamora.

Une jeune mere dans les prisons de Franco cubierta

Texto completo

La autora de este relato es Pilar Fidalgo Carasa, maestra(8) . Los fascistas la detuvieron en su casa de Benavente, el 6 de octubre de 1936, y algunos guardias civiles la condujeron a las dependencias del Gobierno Civil de Zamora, donde fue fichada, y a continuación la condujeron a la cárcel. Ella se desvaneció a su entrada a la prisión: no hacía ni ocho horas que había dado a luz. Llevaba en sus brazos a su hija recién nacida. Su único crimen era ser la esposa de un socialista, amigo y protector de los protestantes, al que no habían podido asesinar, ni detener(9) .
Tras siete meses de encarcelamiento, Pilar Fidalgo fue canjeada, al igual que el resto de su familia (su madre y sus tres hijos)(10), por la familia del Sr. Semprún, de Valladolid. El intercambio no se realizó sin dificultades. La Sra. Fidalgo permanecía aun en prisión más de un mes después de la entrada en zona rebelde de la familia Semprún, la cual no dejó de ser tratada con consideración.
El testimonio de la Sra. Fidalgo es, pues, un testimonio directo, libre y personal. La Sra. Fidalgo vive actualmente en Francia y está dispuesta, si es necesario, a precisar todavía más sus afirmaciones.
Los hechos que informa se desarrollaron en Zamora, en pleno corazón de Castilla. La ciudad de Zamora no cuenta con más de 18.000 habitantes y, al igual que toda la provincia de la que es capital, es desde tiempo inmemorial un feudo de la reacción. Incluso después del advenimiento de la República, las derechas, camufladas bajo el nombre de “partido agrario”, conservaron todo su poder.
Los partidarios del Frente Popular, mucho menos numerosos que en otras regiones, debían hacer frente heroicamente al Sr. Cid que, en tiempos del gobierno Lerroux-Gil Robles, había sido ministro y seguía siendo el gran cacique de la provincia.
La misma víspera de la sublevación militar, el gobernador civil, recientemente posesionado, recibía en su despacho a los cargos electos provinciales y municipales, y les aseguraba con tranquilidad que no ocurría nada. El coronel del regimiento con guarnición en Zamora, el teniente coronel de la Guardia Civil, el jefe de los guardias de asalto, le insistían en su adhesión a la República. Cuando, al alba, algunos hombres de Benavente vinieron a prevenirlo de la probada duplicidad de los militares, el gobernador rechazó armar al pueblo, como se le pedía, bajo el argumento de que el mismo Sr. Cid, momentos antes, en aquel mismo despacho, había condenado la rebelión y ofrecido sus servicios al gobierno.
Al mediodía siguiente, Zamora estaba ya en poder de los rebeldes y el gobernador había pasado a la situación de condenado a muerte, en compañía del Sr. Moreno Jover, diputado en Cortes, del Sr. Salvadores, antiguo diputado, del Sr. Pertejo Seseña, que había sido compromisario en la elección del Presidente de la República, del secretario de la Federación obrera, Manuel Antón, así como de centenares de republicanos que serían fríamente asesinados en el curso de una furiosa persecución(11) .
De esta persecución, la Sra. Fidalgo informa solamente de aquello de lo que ella misma ha presenciado y de lo que le contaron testigos oculares. Su relato añade, a lo que ya se sabía del terror blanco, una nueva nota de crueldad: la cautividad y el martirio de las madres en la zona franquista.

El régimen de la prisión
… A mi llegada a la prisión, me hicieron subir por una escalera estrecha y empinada hasta la célula en la que ya estaban encerradas otras detenidas, aproximadamente una cuarentena, y me dejaron allí medio desvanecida. Bajo el pretexto de interrogarme, me obligaban a subir y bajar esta escalera varias veces al día, lo que, dado mi reciente parto y mi debilidad, me provocó una hemorragia muy fuerte. Como no me habían permitido llevar ningún paño, ni para mí ni para mi hija, y no había allí ni manta ni colchón, durante todo el tiempo de mi estancia en prisión tuve que dormir sobre el suelo de cemento, en pleno invierno, pese a que el clima de Zamora es uno de los más rigurosos de España. Trataba de abrigar a mi hija para que no sufriera demasiado; sus manos y su rostro se amorataban, en días en los que la temperatura bajaba hasta los cuatro o cinco grados bajo cero en el interior de nuestra celda y en los que yo no tenía para protegernos a ambas nada más que un trozo de manta que nos había dado una compañera. Terminé por caer gravemente enferma, y me arriesgué a pedir a la carcelera -de la–que hablaré más tarde- que llamara al médico. El de la prisión se llamaba Pedro Almendral. Vino por formalidad, y al verme sufrir, se limitó a decirme que el mejor medio de curarme sería morir; no prescribió ningún remedio, ni para mí ni para la niña(12).
La carcelera se llamaba Teresa Alonso; al ser su hija secretaria de la Sección Femenina de la Falange, le habían asignado a ella la vigilancia de las detenidas. Nos trataba con una brutalidad bestial, nos colmaba de bajos insultos y aprovechaba con cruel refinamiento todas las ocasiones de torturarnos(13).
El régimen de la prisión era bárbaro. Dos días después de mi llegada, no pude dar el pecho a mi pequeña, porque todas las emociones me habían hecho perder la leche(14). Por las tardes no me daban otra cosa que una tacita de leche de cabra con agua, que la niña tenía que beber fría, porque no nos permitían encender fuego. Mi hija cayó enferma de disentería y de bronquitis. Mis compañeras de infortunio la llamaban “Miss Prisión”. Éramos cuarenta detenidas en una celda destinada a un solo prisionero. No había más que dos bancos para sentarse y el suelo para dormir. Para nuestras necesidades no disponíamos más que de tres orinales que se vaciaba en un viejo caldero de hierro oxidado que también nos servía para lavar la ropa. Se nos prohibía recibir comida del exterior, y se nos servía una sopa repugnante cocida con sosa; estábamos todas en un estado espantoso. Para secar la ropa, no nos dejaban salir al patio, y la teníamos que tender sobre el suelo de la celda, apretándonos todas en un rincón para no pisarla. Pedimos a la carcelera que al menos nos permitiera tender al sol la ropa de nuestros hijos, y nos respondieron que la secáramos sobre nuestro cuerpo; efectivamente, tuvimos que hacer esto para que nuestros bebés no sufrieran la humedad.

Después de las cinco…
La angustia, una angustia indescriptible, renacía a partir de las cinco. Cada día una nueva y espantosa prueba comenzaba con el crepúsculo. Veíamos con horror caer la noche y llegábamos a desear que el sol nunca se pusiera. A las ocho o las nueve de la noche, comenzábamos a despedirnos. Algunas liaban un hatillo con la poca ropa que poseían y lo usaban de almohada, como si quisieran hacer un último descanso en este camino final que entreveíamos. Algunas ya se habían despojado de sus joyas, de sus pendientes, alianzas, medallas y pequeños collares; las habían entregado a sus familiares a través de las rejas, encomendadas a los que pronto serían huérfanos, y se adivina con qué emoción serían recibidas aquellas alhajas. Otras, que no habían recibido visitas, encomendaban los recuerdos de toda una vida doméstica, recuerdos de los días felices, a aquellas de entre nosotras de las que pensaban que tardarían más en seguirlas.
Para las que tenían un hijo pequeño con ellas –y el caso era frecuente: eran numerosas las mujeres que, como yo, habían dado a luz recientemente- el primer signo de que iban a ser conducidas a los verdugos era que les arrebataban a su hijo. Bien se sabía lo que esto significaba: a una madre a la que le retiraban su pequeño le quedaban pocas horas de vida. Eran escenas desgarradoras. Las condenadas cubrían de besos a sus hijos, los estrechaban contra su pecho, y había que arrancárselos a la fuerza, brutalmente; entonces, cesaban las lágrimas, y ellas caían en un estado de semiinconsciencia, de pasividad absoluta y de mutismo espantoso, perdida ya cualquier noción de lo que las rodeaba. Así es como las pobres madres eran conducidas a la muerte. Esto ocurría todas las noches; no recuerdo ninguna en la que se nos ahorraran estas escenas dramáticas. En el profundo silencio que guardábamos, oíamos primero los pasos en la escalera, después los pasos en el corredor, después la puerta se abría; aparecían guardias civiles y falangistas que leían los nombres, muy despacio, con una lentitud torturante. Una vez leído el primer nombre, la angustia y el terror comenzaban a apoderarse de nosotras. La que había sido llamada tomaba su hatillo, como si marchara de viaje, y nos lo entregaba, encomendándonos que lo hiciéramos llegar a los suyos. La que, al menos esta vez, no había sido nombrada, suspiraba al pensar que al menos tenía otras veinticuatro horas de vida aseguradas, un pobre consuelo que nos parecía un don precioso. Para oír mejor la lista, conteníamos la respiración y, para que nuestros hijos no llorasen, les dábamos el pecho. Las que debíamos permanecer allí, temiendo que los asesinos prolongasen su estancia entre nosotros, suplicábamos a las condenadas que se vistieran pronto; ellas sabían y nosotras sabíamos que iban a ser asesinadas y todas deseábamos que esta escena acabara lo antes posible, porque los verdugos, si las víctimas reclamadas tardaban en ponerse en macha, vomitaban las peores injurias, y amenazaban con llevarnos a todas. Lo más trágico era que las desdichadas que iban a morir se hacían cargo de nuestras razones y salían rápidamente, algunas sin llegar a calzarse. Por larga y azarosa que pueda llegar a ser mi vida, nunca olvidaré, ni olvidaremos las supervivientes, aquellos momentos.

Las dos noches más siniestras
Las dos noches más siniestras que pasé en prisión fueron la del 9 de octubre y la del 13 de diciembre de 1936. Todavía tengo, y siempre tendré presentes, las espantosas visiones de esas dos noches.
El 9 de octubre, la mayor parte de mis amigos de Benavente fueron asesinados. Eran, además de algunos cuyos nombres seguramente escapan a mi memoria, Epifanio Rodríguez Rubio, Felipe Martínez Abad, Ildefonso López, Enrique Villarino Santiago, Francisco Fernández, Luciano García Guerra, Marcelo Carbajo Lora, el hijo de un zapatero apellidado Burgos y que no había cumplido los diecinueve años, Félix Vara, el pintor Ibáñez, Alejandrino Pérez, Teófilo Infestas, y Vicente o Venancio Alonso. La esposa de este último, María Garea, estaba encarcelada con nosotros. Toda la noche del 9 de octubre la pasaron encerrados en una sala llamada “de justicia”, que servía de sala de tortura, y también de capilla para los condenados, y que era además el lugar en el que oíamos misa. Desde nuestra celda, agrupadas alrededor de la pobre esposa, escuchábamos lo que sucedía en la terrible sala de espera, hasta que vinieron a buscar a María Garea, que debía acompañar a su marido(15). Fue una de las primeras escenas de despedida a la que asistí. Jamás olvidaré el instante dramático en el que esa mujer nos encomendó (a nosotras, que podíamos seguir la misma suerte al día siguiente), que no abandonásemos a sus hijos; pero lo más trágico vino a continuación: oímos, después de que fuera conducida a la “capilla”, donde entre los otros condenados se encontraba su marido, los gemidos del uno y de la otra, que se abrazaron, al encontrarse por primera vez desde su encarcelamiento, por primera y última vez. Se reencontraron y se perdieron al mismo tiempo. Al alba, sus cuerpos fueron lanzados, aun abrazados, a la fosa común(16).
El recuerdo del 13 de diciembre no es menos trágico. Un día se dijo que algunos prisioneros habían planeado una fuga. Se escogió una sesentena, porque el gobernador, al que se preguntó qué castigo aplicar, respondió, al parecer, que lo mínimo que se debía hacer era ejecutar una cincuentena. El 13 de diciembre, se condujo a los sesenta prisioneros a la famosa “sala de justicia”, contigua, como ya he dicho, a nuestra celda. En el transcurso de una noche clara y fría, y durante cinco horas interminables, oímos los gritos de dolor de las víctimas martirizadas. Percibíamos los golpes de las correas sobre la carne, los insultos feroces de los verdugos mezclados con los aullidos de los infortunados, los golpes, las caídas de los cuerpos lanzados contra el suelo y contra las paredes. Había lamentos graves y roncos, mientras otros eran agudos como los gritos de los niños enfermos de meningitis(17).

Misas y sermones
Al amanecer, la misa fue oficiada por el propio obispo. Esto sólo ocurría en ocasiones excepcionales. A diario lo hacían sacerdotes que confesaban a los condenados o los acompañaban al lugar mismo de las ejecuciones, y no por deber sacerdotal sino con espíritu de “colaboración”. Las confesiones de los detenidos adquirían el valor de declaraciones en el curso de nuevos procesos, y eran motivo de nuevos arrestos y ejecuciones. Recuerdo en este sentido que un sacerdote se encargaba de escuchar a las detenidas a las que la carcelera obligaba a confesar con él. Este cura, con preguntas capciosas, arrancaba nombres y hechos que después ponía en conocimiento de los falangistas. Incluso se atrevía a emplear este procedimiento con los que estaban a punto de ser fusilados, cuyo miedo a la proximidad de la muerte y al misterio del más allá inclinaban sus almas fatalmente a la religiosidad(18). Otro cura “ejemplar” era el que nos decía la misa. Todos sus sermones eran en realidad arengas inflamadas contra los “rojos”. Cubría a los republicanos de insultos y nos decía que nos habíamos ganado ser encarceladas y ejecutadas por unirnos a hombres tan infames. Sus imprecaciones eran terroríficas y las maldiciones más espantosas salían de su boca durante el “ofertorio”. Negó la absolución a una detenida que iba a ser asesinada (Amparo Barallon [Barayón], de la que hablaré más adelante) porque se negó a declarar que su marido era un canalla. Así era el clero que asistía en sus últimos momentos a las víctimas de la sublevación pretoriana(19). El 13 de diciembre fue, como ya he dicho, el obispo quien visitó la prisión para celebrar la misa para los sesenta detenidos que iban a morir. Estaban, como se ha dicho, bajo el efecto de una noche de torturas, mártires sangrantes con los cuerpos quebrados y la ropa en jirones… Y en estas condiciones y en presencia de sus asesinos se les confesó y se les exhortó a “bien morir”.
Es a esta misma “sala de justicia” a donde se llevaba a los prisioneros a oir misa. Durante toda la ceremonia tuvimos que permanecer arrodilladas, sin girar la cabeza hacia el lado de la capilla en el que estaban los hombres. Detrás nuestro, nuestras carceleras nos vigilaban. En este recinto lúgubre, testigo de tantos martirios y sufrimientos postreros, solíamos encontrar pedacitos de papel, escritos por manos febriles y temblorosas, con palabras de despedida, en las que se recogían últimas voluntades o recomendaciones. En el suelo y en las paredes había grandes manchas de sangre todavía fresca, de sangre vomitada bajo los golpes bestiales, por quienes, poco tiempo después, encontrarían en la muerte el olvido y el fin de tantas torturas. A veces pudimos, no sin correr grandes riesgos, recoger algunos de estos papeles que conservamos como bienes preciosos, como en las catacumbas se conservaban las reliquias de los cristianos arrojados a las fieras: las reliquias de nuestros nuevos mártires.

Muchachas asesinadas
Recuerdo numerosos casos dignos de ser relatados. Entre otros el de Herminia de San Lázaro; era una joven de veinticinco años, de gran belleza. Estaba casada y fue detenida el mismo mes de octubre. Poco después la pusieron en libertad, pero, ya fuese porque los padecimientos la habían debilitado, o porque las emociones sufridas la hubieran torturado demasiado, cayó gravemente enferma. Se la acusaba de haber lanzado al Duero una estatua del inquisidor Diego de Deza. Esto era, para los restauradores del reinado del Santo Oficio, un doble crimen, y el clero y los beatos de la provincia no se conformaron hasta que Herminia volvió a ingresar en la prisión: la sacaron de su lecho para encarcelarla de nuevo. Al anochecer entró en nuestra celda y, durante tres horas, fue presa de ataques intermitentes de epilepsia. Aquella misma noche la llevaron al cementerio, donde fue asesinada. Su muerte fue decretada para vengar la ofensa infligida a un bloque de piedra, a la estatua de uno de los más sobresalientes entre los inquisidores de España. Conviene decir también, a propósito de esta estatua, que durante mucho tiempo se obligó a personas consideradas de izquierdas a buscarla en el río al que había sido arrojada a raíz del triunfo electoral de las izquierdas. Las búsquedas fueron en vano, pero muchos se ahogaron en ellas(20).
La historia de las hermanas Flechoso no es menos conmovedora. Nos las trajeron un domingo, exactamente el último domingo de noviembre, por la tarde. Una, Angelita, tenía quince años, y la otra, dieciocho(21). Partía el corazón ver a estas dos pobres criaturas, totalmente ignorantes de la suerte que las esperaba. No pensábamos que habría asesinatos aquella misma noche; generalmente, no venían, el domingo, a buscar víctimas, y deseábamos convencernos nosotras mismas tanto como deseábamos que la desgracia no golpease a aquellas niñas. Les aconsejamos que descansaran y les preparamos en el suelo una pobre cama hecha con las ropas y los trapos de los que disponíamos. Se durmieron, la una en los brazos de la otra, y por un momento pudimos velar su sueño inocente. Pero hacia las nueve de la noche, los verdugos vinieron a buscarlas. Una de ellas, con la mirada llena de dulzura, parecía, al oír cómo las nombraban, preguntarnos qué significaba aquello y para qué las llamaban. Se vistieron deprisa y la mayor dijo a la más joven, acariciándola: “ten cuidado, Angelita, y si te encuentras mal, agárrate a mí”. Estábamos tan conmovidas que apenas pudimos decirles adiós. Al bajar por la escalera debieron comprender el fin que las esperaba, porque oímos sus gritos. A la mañana siguiente supimos que las habían asesinado juntas y abrazadas la una a la otra. Un mes más tarde llegó una orden de ponerlas en libertad.
Recuerdo también a otras muchachas, de la familia Figuero de la Torre. Serafina Figuero de la Torre, que tiene quince años, Aurelia Figuero de la Torre, que tiene dieciocho, y su madre, María de la Torre, continúan en el calabozo, como si fuesen criminales peligrosas. Su hermano, un niño de diecisiete años, ha sido asesinado, aunque ellas todavía no lo saben(22).
Han asesinado también a todos los miembros, hombres y mujeres, de la familia Flechas, de Zamora, en total siete personas; sólo un joven logró escapar, pero en su lugar asesinaron a su prometida, Tránsito Alonso(23), y a la madre de ésta, Juana Ramos(24). Lo mismo ocurrió con la familia Carnero: la madre, las dos hijas y el prometido de una de ellas fueron asesinados(25). Y Silva, sastre bien conocido en Zamora, que fue asesinado allí mientras su esposa lo era en Toro(26). Y podría seguir citando innumerables familias, completamente aniquiladas.

Casos de sadismo
En nuestra prisión entraron Julia Cifuentes, que tenía veintisiete años, su madre, Baldomera Veledo, y Matea Luna [A]Larma, hermana de un diputado provincial. Arrancaron a Julia de los brazos de su madre para conducirla a la muerte. Su madre no tardó en seguirla. Matea fue asesinada al mismo tiempo que Julia. Las tres mujeres habían sido conducidas desde Villalpando en un camión por falangistas acompañados de muchachas. Las detenidas tuvieron que sufrir todo tipo de ultrajes, y algunos falangistas quisieron incluso violarlas, mientras otros se apartaban con las “acompañantes”. Otra detenida, llamada Irene de Almeida de Sayago, me explicó incluso que había sido conducida a la prisión en una camioneta por falangistas que intentaron ultrajarla. Estas escenas eran de lo más frecuentes. Los prisioneros eran considerados por quienes los conducían como un botín de guerra, y los excesos eran tan espantosos como habituales. Quiero citar a este respecto el caso de una tal Eugenia, detenida por alguien a quien todos conocían y habían considerado hasta entonces como un ser normal, un abogado, representante del partido conservador en Zamora, Segundo Viloria y Gómez Vilaboa(27). Este individuo detuvo a Eugenia, como hacía con centenares de mujeres –era su especialidad- y molió a golpes a la desdichada con tal violencia que al entrar en nuestra celda, tenía el cuerpo literalmente negro y la ropa interior pegada a las heridas. A continuación, había violado a la detenida. Pero no se conformó con esto: cuando volvió a estar de guardia en la prisión, regresó a buscar a su víctima, repitió sus hazañas y devolvió a aquella mártir a su mazmorra. Transcurridas algunas semanas, el monstruo volvió en busca de Eugenia, la condujo al cementerio y la asesinó(28).
Otro caso de sadismo digno de estudio es el de un asesino llamado Mariscal. Circula libremente por Zamora y comete tantos y tan espantosos crímenes que lo temen sus mismos cómplices. Este Mariscal ha llegado a ser uno de los jefes de los verdugos, por el derecho que le acredita una larga sucesión de atrocidades cometidas sin tener en cuenta la edad, el sexo ni la condición de sus víctimas. Estos dos asesinos son dignos de un estudio psiquiátrico.
Cuando en España leíamos, afectados por la indignación, el asco y el espanto, los crímenes del monstruo de Dusseldorf, estábamos lejos de pensar que en nuestro propio país veríamos aparecer tales fanáticos enloquecidos, todavía más horribles y surgidos de entre las personas a las que creíamos normales. Y el hecho es que no hay en la zona rebelde ningún pueblo, por pequeño que sea, que no tenga sus diez o doce criminales, al menos iguales que el monstruo de Dusseldorf, y muchos son los que lo superan en el horror(29).
Estar encarcelada es, para los rebeldes, perder toda individualidad. El más elemental derecho de gentes es ignorado, y se mata a un hombre con tanta facilidad como a un conejo, incluso más fácilmente, ya que para matar un conejo se necesita un permiso de caza, mientras que en estos momentos, para matar personas, basta con salir a la calle y dispararles por diversión.
En apoyo de esto recordaré que las tres primeras mujeres asesinadas en la prisión de Zamora fueron Engracia del Río, maestra en Fermoselle, Carmen N., muchacha de unos diecisiete años, de gran belleza, con sus cabellos negros y cuidados, y María Salgado, de Zamora, viuda y madre de un hijo de siete años(30). Estas dos últimas fueron conducidas al cementerio por un grupo de falangistas que, una vez allí, les dijeron que les permitirían correr por el recinto, y que si lograban escapar, les perdonarían la vida. Las dos mujeres aterrorizadas, pero también poseídas por el instinto de conservación, corrieron presas del pánico, de tumba en tumba, saltando por encima de las fosas, escondiéndose tras las cruces y de las capillas. Durante este tiempo, los falangistas, los “muchachos de buena familia” de la Falange las perseguían disparándoles, como a piezas de caza. Esto ocurría una noche a finales del verano, hacia las once. Heridas, desangrándose, presas de la locura de esta escena increíble, las dos mujeres cayeron por fin muertas bajo los disparos de sus cazadores, “los señoritos”, que estallaban de risa y que irían a explicar sus hazañas al casino, y a la mañana siguiente, a comulgar a la iglesia de su parroquia, donde los recibiría un párroco impaciente por felicitarlos por el celo que empleaban en la defensa de la sacrosanta religión(31).
El chófer de un médico muy conocido en Zamora, Dacio Crespo Cerro, había conseguido huir a Portugal, pero fue detenido en Braganza por las autoridades portuguesas, que lo pusieron en manos de los rebeldes. Antes de asesinarlo, lo sometieron a los suplicios más espantosos. Una detenida fue obligada a asistir a uno de ellos y me lo explicó. Esta mujer amamantaba entonces a un niño. La impresión que sintió al ver al desgraciado chófer, azotado con un vergajo, con una oreja arrancada, la cara estriada y desgarrada, sangrando por la cariz, los ojos, las orejas y la boca, fue tan fuerte que al niño que ella amamantaba se le cubrió el cuerpo de abscesos purulentos. Suplicó que curaran a su hijo, pero se lo negaron. La pobre mujer también terminó siendo asesinada, y su hijo, cuando lo condujeron al hospital, era todo él una llaga; supongo que habrá muerto.
Incluso en nuestra celda murió un niño en medio de todas nosotras. Estaba allí con su madre y su abuela, ambas prisioneras, y contrajo la meningitis. Daba unos gritos agudos y murió sin que el médico hubiera venido siquiera a verlo, sin recibir ninguna atención. Su madre y su abuela, que lo tuvieron que cuidar por sí mismas, fueron asesinadas juntas, al día siguiente de la muerte del pequeño.

La “justicia” de Franco
Si todo esto tenían que soportar las mujeres, ¿qué decir de los hombres? Cada tarde, veíamos en el patio efectuar el “apartado”, que consistía en separar de entre los prisioneros –que eran más de mil- las docenas de hombres destinados, la noche siguiente, a ser entregados a sus asesinos. Algunos habían sido condenados por lo que llaman “consejos de guerra”, caricaturas de tribunales sobre cuyas decisiones pesan solamente las opiniones del cura de la parroquia o del comandante del puesto de la guardia civil. Los juicios se fundamentan, qué ironía, en el delito de “rebelión militar”. Los rebeldes inculpan de su propio delito a quienes no se han sumado a su movimiento.
La arbitrariedad tiránica y el sadismo se manifiestan por todas partes: la mayor parte de las víctimas del “apartado” no habían sido oídas, o nadie se había tomado la molestia de fingir un juicio contra ellas.
Esto no tiene, por lo demás, ninguna importancia, pues la “justicia rebelde” no se detiene en estos “detalles”, no se pierde en procedimientos. Los responsables de las ejecuciones “juzgan” según su capricho, sin control de ninguna clase, y cómo iba a ser de otra forma si no queda ninguna autoridad que no sea criminal, de una parte porque el ejercicio de la autoridad es directamente proporcional al porcentaje de criminalidad detentado, y de otra porque quien no asesina no podría ejercer sobre los asesinos la menor autoridad. De todo esto resulta que los detenidos “juzgados” no gozan de ninguna ventaja sobre los que no lo han sido.
Desde otro punto de vista, poco importa estar en casa o en la cárcel. Cualquier falangista puede, si así lo desea, entrar en una casa, sacar de ella a tal o cual persona, conducirlas a un descampado y asesinarlas sin que nadie venga a pedirle cuentas. Si algún pariente o amigo de las víctimas se atreviese a protestar, bien sabe que sufriría la misma suerte. De esta forma, se hace sobre cada crimen un silencio denso y profundo que nadie se arriesga a romper. Los derechos individuales, los derechos humanos, son ignorados. Quien franquea la puerta de la cárcel sabe que probablemente será asesinado. Quien permanece en casa no puede estar totalmente seguro de que no será detenido en medio de una comida familiar o una hora después de acostarse.
Amparo Barayon, esposa del ilustre escritor Ramón J. Sénder, fue asesinada al amanecer del 12 de octubre de 1936. Tenía con ella a su hijita, de ocho meses y llamada Andreíta. A las seis de la tarde, el administrador de la prisión, Justo, entró en la celda y le arrancó a su hija de los brazos, diciéndole, entre otros insultos, que “los rojos no tenían el derecho de criar a sus hijos”. Amparo Barayon, impotente para defender a su hija y debatiéndose en el llanto, presa de una locura indescriptible, gritaba… Hasta que, deshecha en lágrimas, escribió una carta de despedida para Sénder, que yo misma guardé mucho tiempo, hasta que al final tuve que hacerla desaparecer, a causa de los registros continuos a los que se nos sometía. Sé que en esta carta ella le confiaba sus hijos y responsabilizaba de la situación en la que se encontraba a uno de sus parientes, llamado Sevilla(32). Después de escribir esta carta, Amparo se desvaneció, y cuando recobró el conocimiento, permaneció en un estado de semiinconsciencia, llamando a su hija a gritos. Por la noche, la arrancaron de la prisión y la condujeron al cementerio, donde fue asesinada(33).
Otra mujer, Teresa Adam [Adán], sufrió la misma suerte. Estaba casada con un periodista madrileño, Ignacio Alvarado- Teresa me entregó –y yo he conservado- su alianza y algunas medallas. Era una mujer fuerte, muy inteligente, bien educada y cultivada; conservó perfectamente la compostura ante la muerte(34). Creo que estos ejemplos bastan para establecer de qué forma se imparte la “justicia” en toda la zona que gobiernan Franco y sus esbirros.

El saqueo y el robo
Después de estos crímenes, expondremos el saqueo y el robo organizado, sobre todo en los pueblos. Las tranquilas aldeas de la provincia de Zamora están a merced de verdaderas razias falangistas. Entran en las granjas saqueando los graneros, deteniendo a los habitantes, apoderándose del dinero, el ganado, las aves de corral, vaciando las bodegas y dejando las casas despojadas de todo. Recuerdo que en los primeros días del “movimiento”, cuando todavía me encontraba en mi casa de Benavente, vi a los hijos de uno de mis vecinos, un médico, Antonio Conde Hernández, muchachos de como mucho dieciséis años, con sus fusiles en bandolera. Remangados a la manera de los trabajadores, ellos que no habían trabajado nunca, explicaban, sin darle importancia y como si fuera la cosa más natural del mundo, las rapiñas a las que se entregaban en los pueblecitos de los alrededores, aterrando con su actitud puerilmente belicosa (de la que la experiencia había mostrado sus consecuencias terriblemente trágicas) a los pacíficos labradores a los que obligaban a entregarles todo lo que les exigían imperativamente, y que debían dar testimonio de su entusiasmo por la “causa y la cruzada”. Estos diablillos que se desgañitaban gritando “Estaña Imperial, Una, Grande, etc.”, llevaban a sus casas toda clase de vituallas, que se repartían alegremente, y que enseguida eran consumidas en el curso de alegres celebraciones a las que asistían los parientes, los amigos de más edad, antaño orgullosos defensores del “derecho sagrado de propiedad”, los mismos que decían que la reforma agraria de la República era un robo. El derecho de propiedad ha sido abolido y ni siquiera se respeta después de la muerte. Los cadáveres son minuciosamente despojados de cualquier objeto de valor, se les arrancan incluso los dientes de oro. Puedo citar, por haberlo oído explicar en la cárcel, el caso del Sr. Zuloaga, abogado en los tribunales, un muy eminente jurisconsulto de León, al que asesinaron cerca de esta ciudad y cuyo cadáver fue descubierto completamente desnudo. El Sr. Zuloaga era una personalidad muy destacada de la sociedad de León, y permanecía al margen de cualquier actividad política; incluso se le podía considerar de tendencia conservadora.
Han sido asesinadas, en la provincia de Zamora, alrededor de seis mil personas, entre ellas unas seiscientas mujeres(35). No hay pueblo, por pequeño aislado que sea, que no haya sufrido su o sus crímenes. En los caminos, en los prados, en los campos, bajo los robles y entre los hayedos de las montañas, durante meses y meses, han aparecido cadáveres, unos abandonados después de los asesinatos, otros desenterrados por los animales de las tumbas precipitadamente cavadas por los asesinos. En las ciudades y los pueblos todo es silencio y en los arrabales todo es luto. Las viudas y huérfanos que conservan la vida y la libertad deben esconder su dolor por miedo a ser asesinados. Mendigan a escondidas, porque quien socorre a la viuda o a los huérfanos de un “rojo” se arriesga a ser perseguido. Sólo el Auxilio Social se organiza para aliviar el sufrimiento material, pero imponiendo el sufrimiento moral, al obligar a los huérfanos a cantar las canciones de los asesinos de sus padres, a vestir el uniforme que vestían quienes los ejecutaron, y a maldecir la muerte y blasfemar de su memoria.
En fin, yo estoy a resguardo. He sido salvada, en parte por azar y principalmente por el efecto de estas leyes de la guerra que hacen de los rehenes una moneda de cambio. Es una resurrección para mí verme fuera de la prisión, libre de toda opresión y segura de no volver a caer en manos de la barbarie. Pero conservo en mi corazón las lamentables imágenes de estas doscientas noches interminables de pesadilla. De una pesadilla que no era un sueño, sino la realidad incontestable. Una realidad que fue, y que permanece, puesto que, aunque yo respiro por fin en libertad, en nuestra celda pasan y se renuevan una cuarentena de mujeres sometidas sin cesar a la indescriptible tortura, mientras que millares de hombres, hacinados en los vestíbulos, los corredores, el patio, esperan la caída de la noche que los conducirá al matadero y a la fosa común donde caerán sus cuerpos amontonados.
De todos ellos soy solidaria en mi libertad, como lo fui en mi prisión, y en el presente como entonces comparto sus sufrimientos. ¿Qué puedo hacer por ellos, sino denunciar la crueldad de sus verdugos?
Si la condición humana está hecha de respeto al derecho, de amor al prójimo, de libertad, hay en las cárceles de Franco millares de seres cuya única esperanza es la de poder algún día volver a ser tratados como seres humanos.

Notas:

1. Una versión abreviada de este texto, basada en la declaración prestada por Pilar Fidalgo, recién llegada a Francia, ante el cónsul de España en Bayona, y titulada “Nueve meses en poder de los facciosos: testimonio personal”, fue publicada en el diario El Socialista los días 20 a 24 de mayo de 1937.
2. Une jeune mère dans les prisons de Franco, Paris, Editions des Archives Espagnoles, 1939; A Young Mother in Franco’s Prisons, Londres, United Editorial Ltd., 1939. Los opúsculos se publicaron en ediciones bastante cuidadas, de hecho la edición francesa tiene en la cubierta una ilustración de Picasso, perteneciente a la serie de grabados Sueño y mentira de Franco. Como prueba de que sus destinatarios potenciales no eran solamente los sectores progresistas sino la opinión pública en general, en el primer párrafo de la obra se alude a los amigos protestantes del marido de la autora, entre los que podemos destacar al veterinario Audelino González Villa, cuya biografía publicaremos próximamente.
3. SÉNDER BARAYÓN, R., A death in Zamora, Alburquerque, University of New Mexico Press, 1989; Muerte en Zamora, Esplugues de Llobregat, Plaza & Janés, 1990; Ein Tod in Zamora, Munich, Kirchheim, 2000.
4. MATEOS RODRÍGUEZ, Miguel Ángel, “La guerra civil”, en AA.VV., Historia de Zamora. Tomo III. La edad contemporánea, Zamora, IEZ Florián de Ocampo, 2001, pp. 648-651; “Muerte en Zamora: la tragedia de Amparo Barayón”, en La Opinión-El Correo de Zamora, 17/02/2005, 03/04/2005, 04/04/2005, 05/05/2005, 06/04/2005, 07/04/2005; “Una reflexión introspectiva sobre la guerra civil en Zamora”, en Blanco Rodríguez, Juan Andrés (coord.), A los 70 años de la guerra civil español. Actas del Encuentro celebrado en Zamora, 21 y 22 de diciembre de 2006, Zamora, UNED, 2010, pp. 121-132.
5. El 23 de octubre de 2011, el mismo periódico publicó un nuevo resumen, esta vez más amplio, con abundante documentación gráfica y con el dato de que Pilar Fidalgo sólo regresó a Benavente para visitar la tumba de sus padres.
6. Por ejemplo, el propio Mateos da a entender que los mineros asturianos mataron a un guardabarreras de la estación de Benavente que en realidad sólo sufrió heridas graves, y que llegó a ser indemnizado por este hecho. Asimismo, en la Historia de Zamora publicada en 1991 por La Opinión-El Correo de Zamora se da por asesinada a la maestra socialista Aurora Blanco, que no solamente sobrevivió sino que superó el procedimiento de depuración con muchas consideraciones favorables y con una sanción mínima.
7. CACHÓN GONZÁLEZ, Julián, Por estos adiles, Benavente, CEB Ledo del Pozo, 2010. Parece ser que este autor, como tantos burócratas franquistas y redactores de la prensa del Movimiento, faltó a clase el día en que en su colegio se enseñó el uso correcto de la coma.
8. La semblanza biográfica más completa de la autora la proporciona Salvador E. Morales Pérez en Almoina, un exiliado gallego contra la dictadura trujillista, Santo Domingo, Archivo General de la Nación, 2009. Aunque Pilar completó los estudios de Magisterio y realizó los cursillos de selección, no ejerció como maestra, únicamente ayudó a su madre, que sí tenía plaza en propiedad.
9. [La versión de El Socialista contiene la siguiente introducción: “Era la mañana del 20 de julio. A la media hora de haber salido de Benavente Almoina, para prevenir de la situación de Zamora al Gobierno civil de León y pedir refuerzos en Astorga, entraron en Benavente los rebeldes. Eran falangistas, procedentes de Valladolid. Se produjo en la calle mucho barullo, y al ir a asomarse la esposa de Almoina, inquieta por la suerte de éste y de sus compañeros, unas vecinas comenzaron a apostrofarla, pidiendo su muerte. Aterrada pasó al interior de la casa, que fue entonces asaltada por numerosos falangistas, que la registraron, rompiendo libros de la biblioteca, llevándose papeles, fotografías y documentos. (Después habían de decir calumniosamente que había entre ellos una lista de personas para ser asesinadas por los «rojos»). Antes de retirarse, dos de ellos, en vista de que no encontraban al dueño de la casa, quisieron llevarse a su mujer; pero un tercero, advirtiendo el estado en que se hallaba (séptimo mes de embarazo) intervino y evitó que la detuvieran. La dejaron, pero advirtiéndole: «Quédate ahora a parir; pero después ajustaremos cuentas.» (…) Después de dar a luz, por encontrarse muy débil estuvo ocho días en cama. Al día siguiente de levantarse (el noveno) la condujeron a la cárcel de Zamora, sin dejarle llevar ropa, ni aun la indispensable para su hija recién nacida, diciéndole que salía de casa para una declaración de un momento…, un momento que duró seis meses.”]. El 20 de julio, José Almoina salió de Benavente a bordo del tren de mineros asturianos que había llegado a esta localidad la noche anterior, y que tomó el camino de regreso al conocer la traición del general Aranda en Oviedo. El hecho de que los dirigentes benaventanos que tomaron el tren se libraran de la represión que se abatió sobre sus correligionarios locales propició una versión –variante local de la historia de la “traición de Galarza” fabulada por Arrarás en su Historia de la Cruzada española-, que fue divulgada por los autores franquistas, que atribuyen a la “patente falta de cuajo humano” de Almoina su marcha en el tren de los mineros (v., p. ej., Julián Cachón González, Por estos adiles, Benavente, CEB Ledo del Pozo, 2010, p. 82). Esta versión parece haber sido asumida también por Miguel Ángel Mateos Rodríguez en “La guerra civil”, en Historia de Zamora, tomo III. La edad contemporánea, Zamora, I.E.Z. Florián de Ocampo, 2001, pp. 577-651. Cachón González, op. cit., p. 79 y 161, da por buena la afirmación de que durante la breve ocupación de Benavente por los mineros asturianos se elaboraron listas de derechistas para su ejecución: “Domingo, el marido de la señora Adela, ‘La Chafandina’, dijo a mi padre aquella noche que en su taberna estaban varios vecinos facilitando listas para ejecutar a conciudadanos. Falló el proyecto por falta de tiempo” (p. 79). En caso de ser cierta esta reiterada versión, no se entiende por qué los ocupantes no practicaron ejecuciones sumarias ni detenciones y al marchar en el tren no se llevaron rehenes (prácticas que los franquistas adoptaron por norma en ocasiones similares, después celebradas como hazañas heroicas).
10. Además de Helena, nacida el 16 septiembre de 1936, Pilar tenía ya entonces otros dos hijos: Pilar y José Almoina Carasa.
11. Entre todos los mencionados hay que hacer una excepción, pues el gobernador Tomás Martín Hernández entregó sin resistencia el Gobierno Civil a los golpistas y no fue condenado a muerte sino a 30 años de prisión, por haber ayudado a escapar a Ángel Galarza. El resto de ellos sí fueron ejecutados, algunos tras ser condenados en Consejo de Guerra (Pertejo, Antón) y otros extrajudicialmente (Moreno Jover, Salvadores).
12. Mateos (La Opinión, 03/04/2005) cuestiona la veracidad de la conducta aquí atribuida a Pedro Almendral, basándose únicamente en un talante liberal que le presume por sus vínculos políticos con Santiago Alba, aunque admite que se había ganado la enemistad de la izquierda zamorana (enemistad que se debió principalmente a la omisión del deber de atender a los detenidos que fueron torturados en octubre de 1934). De hecho, Almendral estuvo a punto de ser linchado en Zamora tras el triunfo del Frente Popular, fue denunciado y detenido y por consejo del gobernador civil abandonó la provincia, a la que sólo regresó en agosto de 1936. Antes que Mateos, la hija de Almendral había pretendido defender a su padre en una entrevista, aunque sus argumentos fueron tan desafortunados –atribuyó a su padre la supuesta revelación de que Amparo Barayón ingresó en prisión enferma de sífilis- que sólo contribuyeron a enturbiar todavía más su imagen (La Opinión, 13/07/2004).
13. Se trata de un personaje real que, de hecho, una década más tarde seguía prestando servicios en la Prisión Provincial de Zamora.
14. El testimonio de Helena Almoina Fidalgo, recogida por Morales Pérez, op. cit., p. 57 n., contradice esta afirmación por considerar que en caso de haber perdido la leche su madre, “se la hubieran quitado”.
15. María Garea, secretaria del Grupo Obrero Femenino de la UGT de Benavente (al que también pertenecía Pilar Fidalgo), y su esposo, Venancio Alonso, presidente de la Sociedad de Artes Blancas del mismo sindicato, fueron fusilados el 7 de octubre de 1936 en cumplimiento de la sentencia impuesta por un Consejo de Guerra.
16. [Nota de la edición francesa: “Con Vicente Alonso, marido de María Garea, fueron encarcelados entre otros Audelino González Villa, Víctor Calvo, Domingo Pedroso [n. del traductor: Pedrero] y sus dos hermanos, Felipe Martínez Abad y Epifanio Rodríguez Rubio, concejales del Ayuntamiento, Enrique Villarino Santiago, periodista, Francisco Fernández, trabajador de una panadería y su compañero José Muniaga [n. del tr.: Maniega], al que acompañaba su esposa Leonor Martínez Robles, que había sido candidata a las Cortes, Modesto Rodríguez, empleado de una farmacia, Visitación de Castro [n. del tr.: Visitación Prieto Pajares], esposa de otro concejal [n. del tr.: esposa del concejal Olegario de Castro Rodríguez –de ahí la confusión en el apellido-, que sobreviviría], Vitaliano Barroso del Olmo, industrial y presidente de Izquierda republicana, Marcelo Carbajo Lora, periodista, Alejandrino Pérez, industrial, el pintor Ibáñez, Teófilo Infestas, empleado del Ayuntamiento, Ildefonso López, industrial y periodista, Pablo Santos, Félix Vara, Luis Forés, Luciano García Guerra, industrial, Cesáreo Alonso, y su hermana, de la que informaremos más adelante su muerte trágica. Más tarde fue igualmente encarcelado un católico practicante, Alfredo Rodríguez Enríquez, que sería condenado a 30 años de prisión y que, el pasado abril, se encontraba todavía en la prisión de Zamora. De todos los que hemos citado, Alfredo Rodríguez Enríquez, Leonor Martínez y Audelino González fueron los únicos que salvaron sus vidas”]. Los ya comentados errores en las fechas se pueden corregir acudiendo al Registro Civil y al registro del cementerio de Zamora o consultando el artículo de Cándido Ruiz “Notas sobre la represión física, económica y laboral en la ciudad de Benavente durante la Guerra Civil y posguerra (1936-1943)”, en Brigecio. Revista de estudios de Benavente y su tierra, 14 (2004), pp. 123-153: diez benaventanos condenados a muerte fueron fusilados en la madrugada del 6 al 7 de octubre, pero los condenados a penas de prisión o no juzgados en consejo de guerra no fueron asesinados ese mismo día sino en varias sacas en fechas posteriores: once el 10 de octubre, quince el 22, cinco el 24, dos el 25 y diez el 28 de octubre. Aunque Mateos parece atribuirle la afirmación contraria, Pilar es consciente de que Leonor Martínez Robles también sobrevivió.
17. Al parecer, no hay constancia documental de un intento de fuga multitudinario ni de una represalia tan numerosa en una misma noche. En la saca de la madrugada del 13 al 14 de diciembre, independientemente de que se debiera o no a una represalia por un intento de fuga, los asesinados no fueron 60 sino 16. Mateos (La Opinión, 03/04/2005) plantea la hipótesis, que resulta plausible, de que Fidalgo se refiera en realidad al fusilamiento de 27 condenados a muerte el día 31 del mismo mes.
18. Mateos (La Opinión, 03/04/2005) niega que el sacerdote falangista Miguel Franco Olivares violara el secreto de confesión para conseguir nuevas detenciones, pero él mismo cita en otro lugar (“La guerra civil”, en Historia de Zamora, tomo III. La edad contemporánea, Zamora, I.E.Z. Florián de Ocampo, 2001, pp. 577-651) un informe del propio Miguel Franco en el que emplea las confesiones obtenidas de maestros y estudiantes en trance de ser ejecutados como indicios incriminatorios contra José Datas, profesor de la Escuela Normal.
19. El capellán de la prisión era en aquellos momentos Anastasio Antón, y Mateos, pese a negar algunos términos que Palmira Sanjuán le atribuye en sus sermones, admite “sus duras pláticas” (La Opinión, 03/04/2005).
20. Esta última afirmación es falsa, pues en la búsqueda no se produjeron víctimas y los buzos no fueron obligados a participar. Lo que sí es cierto, y el propio Mateos lo confirma en su tesis doctoral, es que varias personas fueron asesinadas por su participación, real o supuesta, en el lanzamiento al río de esta estatua, que fue uno de los caballos de batalla de la política zamorana durante la República (que el periodista franquista Rufo Gamazo todavía intentó revitalizar poco antes de su muerte, denunciando el agravio histórico que suponía que la efigie del gran inquisidor estuviera en un lugar menos visible que, por ejemplo, la de Herminio Ramos).
21. Al parecer, la mayor de las hermanas Flechoso, asesinadas el 30 de noviembre de 1936, tenía en realidad 17 años (Marisol López, “Un tiro en la nuca a la inocencia”, en La Opinión, 12/10/2008). La detención y asesinato de estas hermanas adolescentes han sido explicados también por John Palmer en “La represión durante la Guerra Civil desde los datos del Libro de Cementerio de Zamora: primeras conclusiones”, en II Congreso de Historia de Zamora, IEZ Florián de Ocampo-UNED, 2008, tomo III, pp. 357-371.
22. Efectivamente, las hermanas Figuero de la Torre y su madre permanecerían en la prisión provincial hasta 1938.
23. Es posible que en este párrafo la autora haya confundido el apellido de la víctima y quiera referirse a Tránsito Álvarez Muriel, asesinada el 17 de noviembre de 1936 (oficialmente, entregada para su traslado a la cárcel de Bermillo).
24. Juana Ramos, de 50 años, viuda de Víctor Alonso, fue asesinada el 12 de noviembre, y tres de sus hijos fueron ingresados en el hospicio provincial.
25. Es probable que se refiera a Santiago Carnero Ramos, vicepresidente de la agrupación socialista de Zamora, asesinado en su domicilio junto a su mujer y su suegra el 9 de septiembre de 1936, por un grupo de guardias de asalto y falangistas a los que opuso resistencia (entre ellos, Martín Mariscal, según la investigación de Manuel González Hernández recogida en La Opinión, 16/06/2013).
26. Se refiere a Isaac Silva y a su esposa Sebastiana Tobal, asesinados el 4 de noviembre y el 20 de octubre de 1936, respectivamente.
27. Se refiere al Partido Republicano Conservador, por el que Viloria fue elegido en abril de 1936 compromisario para la elección de Presidente de la República.
28. Eugenia Sebastián Iglesias, viuda de 40 años, ingresó en la cárcel el 10 de noviembre y el día 13, tras haber sido entregada a José Avedillo Brioso para su traslado a la cárcel de Bermillo, fue “encontrada muerta”. Mateos (La Opinión, 04/04/2005) niega que los falangistas tuvieran acceso a las celdas de las detenidas, pero como en otras ocasiones, no aporta más pruebas que su fe en la honorabilidad de unos funcionarios de prisiones de los que no debemos olvidar que colaboraron con la política de exterminio de la dictadura y que no impidieron la saca de penados que cumplían condenas de prisión, sin olvidar la circunstancia de que la plantilla de funcionarios, afectada por las destituciones gubernativas de los primeros meses de la guerra, fue reforzada precisamente con falangistas como Valeriano Elvira. Permítasenos señalar que cuando el director Justo Herráiz, y los oficiales de servicio en rastrillos e interior -Julio Borrego, Santiago Calvo y Benjamín Castaño, por ejemplo- firmaban diligencias de salida de detenidos gubernativos o de penados que cumplían condena, lo hacían con plena conciencia de que los estaban entregando para su asesinato. En sentido contrario, en una entrevista realizada durante la elaboración de nuestro trabajo Políticas de género en Zamora durante el franquismo (1931-1945) (inédito, realizado para el IEZ Florián de Ocampo en 2003-2005), la hija y hermana de dos detenidas que compartieron celda con Pilar Fidalgo nos confirmó que en el módulo de mujeres (por llamarlo de alguna manera) de esta prisión provincial sí se producían entradas de falangistas y abusos sexuales contra detenidas.
29.Pilar destaca aquí los nombres de dos de los más conocidos pistoleros falangistas de Zamora. Sólo entre los detenidos de la cárcel de Zamora, Martín Mariscal firmó los recibos de entrega para la conducción de más de un centenar de detenidos que posteriormente aparecieron muertos y Segundo Viloria de la de una treintena, contar las acciones de ambos en otras cárceles y sus operaciones en otras localidades, que incluyeron ejecuciones sumarias de detenidos que no pasaron por la prisión, por lo que no se conservan recibos de entrega con sus nombres. No obstante, no serían los únicos: por encima de ellos destaca José Avedillo Brioso, y también se significaron en este aspecto el sargento Luis Valera Nieves y camisas viejas como Juan Luis Rodríguez García o Manuel Girón, por no citar otros nombres sobradamente presentes en la tradición oral zamorana. El modus operandi de estas sacas y los nombres de sus protagonistas más destacados han sido ejemplarmente desvelados por Miguel Rodríguez Ufano en “Zamora, prisión provincial, 1936”, y por John Palmer en “La documentación de la prisión del partido de Toro y la represión en la retaguardia zamorana, 1936-1938”, ambas comunicaciones publicadas en Blanco Rodríguez, Juan Andrés (coordinador), A los 70 años de la guerra civil española. Actas del encuentro celebrado en Zamora. 21 y 22 de diciembre de 2006, Zamora, UNED, 2010, pp. 371-379 y 382-402, respectivamente.
30. Se refiere a la maestra Engracia del Río de la Vega, de 27 años, asesinada el 27 de septiembre de 1936, a María Salgado, modista de 23 años, y Carmen Iglesias, de 17 años, asesinadas el día 29. El mismo día que Engracia fue asesinada también Graciliana Calvo Toledo, de 26 años, en circunstancias que conocemos bien gracias al testimonio de su hija Tránsito Luis Calvo (recogido por Begoña Galache en “El legado de la niña de la guerra”, en La Opinión, 05/08/2008). Mateos se equivoca al rectificar a Fidalgo afirmando que estas no fueron las primeras asesinadas de la cárcel, y que las precedió María Garea (cuyo apellido transcribe “García” por error, en La Opinión, 03/04/2005: incluso da una fecha errónea, el 18 de septiembre), cuando murió, como ya hemos visto, el 7 de octubre.
31. Mateos (La Opinión, 03/04/2005) niega que los falangistas que intervinieron en estas operaciones frecuentaran la iglesia, pero por otra parte afirma que sus párrocos no los felicitaban sino que “los recriminaban sus indignos delitos”. Si esta supuesta recriminación no se producía en el ámbito –supuestamente secreto- del sacramento de la penitencia habría que atribuirle un carácter público, del que jamás se han divulgado pruebas ni testimonios
32. Es comprensible que Amparo Barayón reprochase a Miguel Sevilla su situación, no como denunciante, ni tampoco por atribuirle tanta influencia como para conseguir su puesta en libertad, sino por el abandono que Amparo sufrió en la cárcel, por parte de su familia, cuyo cabeza era en ese momento el propio Miguel Sevilla.
33. [Nota de la edición francesa: “Sus dos hermanos habían sido ya asesinados”]. Nota del traductor: Antonio el 28 de agosto (tras ser entregado a un grupo de falangistas dirigido por Juan Luis Rodríguez), Saturnino el 18 de septiembre (por un grupo de falangistas, guardias civiles y guardias de asalto), y la propia Amparo, la noche del 11 de octubre (tras ser entregada a un grupo de falangistas dirigido por Martín Mariscal).
34. Teresa Adán, de 34 años, fue asesinada el 17 de noviembre.
35. No es reprochable que con la información de la que disponía Pilar Fidalgo al salir de la cárcel en 1937 se atreviese a aventurar esta cifra, cuando a las alturas de 2014 los numerosos investigadores de la represión franquista en esta provincia seguimos sin ser capaces de dar cifras ni siquiera aproximadas, oscilando en una horquilla que va desde los 1.237 nombres incorporados al sumario del exjuez Garzón, pasando por los algo más de 1.400 que hemos podido recopilar hasta la fecha, por los 1.500 que aventuraba ARMH Zamora en 2008 y por los entre 2.000 y 3.000 que calcula Cándido Ruiz (El Norte de Castilla, 06/05/2001), hasta los 4.500 que resultan del cálculo de Miguel Ángel Mateos (La Opinión, 03/04/2005) al reducir la cifra de Fidalgo “en un 25%”.

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